En los días que rodean el Día Mundial de la Salud Mental, la escuela tiene una pregunta pendiente: ¿estamos escuchando realmente a quienes necesitan ser escuchados?
Por Giovanni Ramírez Villamil
Psicólogo · Autor en salud mental escolar · Experto en política pública territorial
Hay fechas que pasan por el calendario y hay fechas que deberían quedarse en la conciencia. En los días que rodean el Día Mundial de la Salud Mental, que se conmemora cada 10 de octubre, vale la pena detenerse un momento y preguntarse si realmente se ha aprendido a escuchar.
Hablar de salud mental se ha vuelto cada vez más frecuente. Se escuchan campañas, se ven mensajes, se comparten piezas en redes sociales y durante algunos días el tema ocupa titulares. Pero una cosa es hablar de salud mental y otra muy distinta es construir comunidades capaces de escuchar a quien está atravesando un momento difícil.
Este año, la Organización Mundial de la Salud propone algo que parece sencillo, pero que tiene una profundidad enorme: “Escuchemos a las personas con experiencia vivida: voces reales, cambio real”. La invitación no se limita a escuchar testimonios. Plantea que las personas que han vivido de primera mano una situación de salud mental participen de manera significativa en las decisiones, en el diseño de servicios y en las políticas que afectan sus vidas.
Y aquí es donde esta conversación llega a la escuela. Porque si existe un lugar donde debería aprenderse a escuchar antes de juzgar, es precisamente allí.
Aparece una idea central: la escuela es un sismógrafo del territorio. Allí se registran movimientos que muchas veces no alcanzan a percibirse desde otros espacios. Un estudiante que cambia su manera de relacionarse, que deja de participar, que comienza a aislarse, que llega diferente al aula o que simplemente un día dice “no estoy bien” puede estar mostrando un movimiento que necesita ser escuchado.
Eso no significa diagnosticar. Mucho menos convertir al maestro en psicólogo. Significa reconocer que la escuela puede ser el primer lugar donde alguien se da cuenta de que algo está pasando.

Según la OMS, uno de cada siete adolescentes entre los 10 y los 19 años vive con algún trastorno mental. La ansiedad, la depresión y los trastornos del comportamiento están entre las principales causas de enfermedad y discapacidad en esta etapa. Además, las condiciones de salud mental pueden afectar la asistencia a la escuela, el estudio y el rendimiento académico.
Pero detrás de ese dato hay algo que no debería olvidarse: no se está hablando de porcentajes. Se está hablando de estudiantes con nombres, familias, historias, miedos, capacidades y sueños.
Por eso, resulta preocupante cuando la salud mental escolar se reduce a una charla anual, a una cartelera, a una jornada de colores o a una actividad que desaparece cuando termina la semana conmemorativa.
La salud mental no puede funcionar por temporadas.
Una escuela protectora no espera a que llegue la crisis para empezar a actuar. Aprende a mirar antes. Aprende a escuchar antes. Aprende a reconocer factores de riesgo y factores protectores. Y, sobre todo, sabe qué hacer después.
Esta respuesta se resume en cinco verbos: MIRAR, ESCUCHAR, PROTEGER, CONECTAR y SEGUIR. No son palabras decorativas. Son una manera de organizar la respuesta institucional.

MIRAR significa observar sin etiquetar. ESCUCHAR significa acoger sin juzgar. PROTEGER significa disminuir el riesgo y actuar dentro de los límites del rol. CONECTAR significa acercar a la familia, al orientador y a la red que corresponda. Y SEGUIR significa no perder de vista lo ocurrido después de la primera actuación.
Esta última palabra, seguir, quizá sea una de las más olvidadas.
Existe una tendencia a celebrar cuando una ruta fue activada. Pero una ruta activada no necesariamente significa una historia resuelta. Un estudiante puede ser remitido y continuar sintiéndose solo. Una familia puede recibir una orientación y no saber qué hacer después. Un docente puede reportar una situación y nunca volver a conocer el desenlace.
Por eso una verdadera política de salud mental escolar no puede limitarse a activar rutas. Tiene que construir trazabilidad, seguimiento y aprendizaje institucional. Conectar la observación, los instrumentos, los primeros auxilios psicológicos, la orientación, las rutas, la familia, el seguimiento y la información institucional sin convertir el sistema escolar en una historia clínica ni etiquetar a los estudiantes.

También es necesario quitarse la bata lo cual no significa renunciar a la ciencia. Significa traducirla. Significa que un docente pueda saber cómo acompañar una crisis sin pretender hacer terapia; que una familia tenga herramientas para reconocer una señal de alarma; que un orientador tenga instrumentos para ordenar la información; y que una institución sepa cuándo debe conectar con la red de atención.
La OMS también insiste en la importancia de los entornos protectores. La familia, la escuela y la comunidad son espacios fundamentales para promover el bienestar, desarrollar habilidades socioemocionales y proteger a los adolescentes frente a las adversidades.
Entonces, quizá esta jornada mundial de la salud mental esté haciendo una invitación distinta. No solamente a hablar más de salud mental. A escuchar mejor.
Escuchar al niño que no quiere entrar al salón. Al adolescente que dejó de hablar con sus amigos. Al maestro que lleva meses agotado. A la madre que no sabe cómo acercarse a su hijo. Al orientador que recibe más casos de los que puede atender. A quien alguna vez estuvo en tratamiento y todavía tiene miedo de contar su historia porque teme ser señalado.
Escuchar también significa reconocer que la experiencia vivida es conocimiento. Que quien ha pasado por una crisis sabe cosas que ningún manual puede enseñar completamente. Que una política pública construida sin escuchar a las personas que recibirán sus efectos corre el riesgo de ser técnicamente correcta y humanamente distante.
Y eso también vale para los colegios.
¿Cuántas decisiones sobre convivencia, bienestar y salud mental se toman sin preguntarle a los estudiantes cómo viven realmente la escuela? ¿Cuántos protocolos fueron escritos para ellos, pero nunca construidos con ellos? ¿Cuántas veces se pregunta qué necesitan los docentes para cuidar, en lugar de simplemente decirles que deben cuidar?
Tal vez el verdadero desafío de esta fecha sea pasar del discurso a la arquitectura del cuidado.
Porque una escuela que cuida no es una escuela donde nunca ocurre nada. Es una escuela que sabe qué hacer cuando algo ocurre.
No se buscan aulas perfectas. Se buscan entornos protectores.
Y un entorno protector no se construye solamente con psicólogos, protocolos o documentos. Se construye cuando una comunidad aprende que pedir ayuda no es una vergüenza, que hablar de lo que se siente no hace débiles a las personas y que nadie debería atravesar solo aquello que puede ser acompañado.

Este 10 de octubre, cuando vuelva a hablarse de salud mental, sería importante no quedarse únicamente con el mensaje del día. La pregunta de fondo es qué se está haciendo diferente.
Porque escuchar es el comienzo. Pero escuchar de verdad implica permitir que esa voz cambie algo: en la escuela, en la familia, en la comunidad y también en la política pública.
Quizá esa sea la tarea más urgente: que la salud mental deje de ser una conversación que aparece en el calendario y se convierta en una forma cotidiana de relacionarse.
Porque detrás de cada estudiante hay una historia que merece ser escuchada. Y cuando una escuela aprende a escuchar, muchas veces también aprende a proteger.
Fuentes técnicas
Organización Mundial de la Salud. Día Mundial de la Salud Mental 2026: “Escuchemos a las personas con experiencia vivida: voces reales, cambio real”.
Organización Mundial de la Salud. Salud mental de los adolescentes, actualización 2025.
Documentos de trabajo de Giovanni Ramírez Villamil sobre salud mental escolar, primeros auxilios psicológicos y GESAMESCO.
































