Inicio #POLÍTICA Las organizaciones cambian, las ideas permanecen

Las organizaciones cambian, las ideas permanecen

60
0

Renuncio al Centro Democrático; cierro un ciclo trascendente en mi vida, pero no renuncio a mi compromiso con Colombia.

Por María Fernanda Cabal

Hay decisiones que se toman con cálculo. Otras nacen de una certeza interior, porque llega un momento en que aplazarlas sería faltar a uno mismo. La de hoy pertenece a las segundas.

Después de años de militancia, campañas, discusiones intensas y batallas dadas dentro y fuera del Congreso, decidí renunciar al Centro Democrático. Lo hago con gratitud por la historia compartida, con respeto por quienes continúan allí y con la serenidad de quien entiende que la coherencia también puede exigir caminos distintos.

Llegué a la política convencida de que Colombia necesitaba autoridad legítima, seguridad para sus familias, respeto por el trabajo honrado y una defensa firme de la libertad. Durante muchos años, esas convicciones encontraron un espacio en el Centro Democrático.

Acompañé una causa que marcó una época de la política colombiana y que puso en el centro de la discusión pública la seguridad, la autoridad del Estado y la defensa de los ciudadanos frente a los violentos. La Seguridad Democrática fue la política emblemática de los gobiernos de Álvaro Uribe y tuvo como uno de sus objetivos declarados recuperar el control territorial y fortalecer la protección de la población.

Allí aprendimos algo que sigo creyendo: sin orden, la libertad se vuelve frágil; una nación no puede prosperar cuando el crimen impone sus reglas; y una democracia pierde sentido cuando sus ciudadanos no pueden vivir, trabajar, producir y emprender con tranquilidad.

Nada de eso desaparece porque hoy tengamos diferencias de fondo. Los partidos políticos no existen para administrar ambigüedades. Existen para representar ideas, ofrecer un rumbo y hablarles con claridad a los ciudadanos.

Cuando un partido deja de expresar con precisión aquello que quiere representar, quienes creemos en una definición distinta tenemos también la obligación de decirlo.

Por eso, el pasado 4 de agosto presenté una solicitud de escisión al Centro Democrático, buscando una salida institucional, respetuosa y democrática que permitiera construir un proyecto político distinto, sin negar nuestra historia común y sin convertir una diferencia política en una disputa personal. La respuesta nunca llegó.

Por eso considero que ha llegado el momento de abrir una nueva etapa: construir una expresión política con identidad doctrinal clara, institucional y comprometida con la libertad.

Estas últimas semanas he escuchado a colombianos de distintas regiones manifestar su deseo de una representación política que defina con claridad qué cree y qué está dispuesta a defender.

Y yo creo en una nueva derecha, institucional y popular. Una derecha que no esconda su nombre ni considere incómodo defender la propiedad privada, el libre mercado, el mérito, la familia, la empresa, el trabajo y los límites al poder del Estado. No hablo de etiquetas. Hablo de principios.

Durante décadas, la izquierda entendió algo que muchos sectores de centro y de derecha subestimaron: la política no se disputa solamente en las elecciones. También lo hace con el lenguaje, la cultura, la educación y en la manera como una sociedad aprende a interpretar su propia realidad.

Mientras unos administraban gobiernos, otros construían relatos. Y los relatos terminan creando imaginarios que se convierten en verdades.

Una elección puede cambiar un gobierno, pero no transforma por sí sola la cultura política de una sociedad. Los proyectos políticos sobreviven a las derrotas electorales cuando conservan organización, ideas, cuadros y presencia territorial. Por eso el desafío no termina en las urnas: exige resultados concretos para sus ciudadanos.

Jamás pediré disculpas por las ideas que defiendo. No creo en deudas ancestrales impuestas por quienes pretenden tribalizar las sociedades. Y no pido perdón por preferir la desigualdad de Dinamarca a la igualdad de Cuba. Quien trabaja y progresa merece conservar el fruto de su esfuerzo. Eso significa dignidad humana. Y la propiedad privada es sagrada.

Tampoco acompaño a quienes convierten sus deseos en derechos y pretenden anarquizar la sociedad, justificando acciones violentas con tinte de romanticismo revolucionario. Exigir un Estado capaz de enfrentar al delincuente es la base de la Constitución como obligación hacia sus ciudadanos.

Mi decisión no desconoce el legado del expresidente Álvaro Uribe Vélez. Su liderazgo forma parte de una historia política que reconozco y de una etapa que compartí durante muchos años.

La gratitud no desaparece porque los caminos políticos se separen, pero el sentimiento jamás puede convertirse en renuncia al criterio propio. Las organizaciones cambian, pero las ideas permanecen.

Renuncio al Centro Democrático; cierro un ciclo trascendente en mi vida, pero no renuncio a mi compromiso con Colombia.

Dejo una organización a la que entregué años de trabajo, afectos y batallas, pero permanezco en la causa que ha dado sentido a mi vida pública: una Colombia libre, segura y próspera.

Muy pronto les anunciaré el paso que sigue, siempre invocando la voluntad de Dios.