Por Lola Portela
En medio de un clima político cada vez más polarizado, en Colombia comienza a perfilarse un fenómeno que va más allá de las tradicionales divisiones ideológicas: el contraste entre el voto por fervor y el voto por obligación. Dos figuras públicas, Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia, encarnan, cada uno a su manera, estas formas de participación electoral que hoy captan la atención de analistas y ciudadanos.
Por un lado, el llamado “voto por fervor” encuentra en Abelardo de la Espriella un caso llamativo. Abogado mediático, de discurso vehemente, pero estructurado, directo, muy claro y con estilo confrontacional, ha logrado construir una base de seguidores que trasciende lo programático. Para muchos de sus simpatizantes, el respaldo no se limita a propuestas concretas, sino que responde a una identificación emocional con su figura, su narrativa de orden, su postura frente a temas sensibles del país y el compromiso regional adquirido con los ciudadanos. Es un voto que se alimenta de la convicción, pero también del carisma y la percepción de liderazgo fuerte, y con profundos valores.

El concepto de “voto por fervor” en el contexto electoral colombiano de 2026 se manifiesta, precisamente, como una pasión intensa y un apoyo activo de los seguidores, evidenciado tanto en plazas públicas como en redes sociales y encuestas. En este escenario, el fervor popular por “El Tigre” —como es conocido De la Espriella— se ha convertido en uno de los rasgos distintivos de su campaña. Sus seguidores no solo amplifican su mensaje en plataformas digitales, sino que promueven activamente la idea de una victoria en primera vuelta, confiando más en la fuerza del respaldo ciudadano que en las mediciones tradicionales.
En contraste, la senadora Paloma Valencia parece representar otro tipo de respaldo: el “voto porque toca”. Esta expresión, recurrente en conversaciones cotidianas, describe a aquellos electores que apoyan a una figura no necesariamente por entusiasmo, sino por afinidad partidista, tradición familiar o falta de alternativas dentro de su propio espectro ideológico. En este caso, el voto no nace del impulso, sino de la inercia política, el compromiso o la disciplina de partido, elementos que históricamente han sostenido estructuras electorales en el país.

Este contraste no es menor. Mientras el voto fervoroso tiende a movilizar con intensidad, el voto resignado o pragmático puede garantizar estructuras más estables, pero menos apasionadas. Ambos conviven en un escenario donde la desconfianza hacia las instituciones y el desencanto con la política tradicional siguen marcando el pulso ciudadano.
Expertos coinciden en que esta dualidad refleja una transformación más profunda del comportamiento electoral en el país. “Estamos viendo una mezcla entre personalismo político y debilitamiento de las identidades partidistas”, explica un analista consultado. “La gente ya no vota únicamente por partidos, sino por emociones que siembran esperanza genuina o, en el otro extremo, por descarte”.
A medida que se acercan las nuevas contiendas electorales de 2026, este fenómeno en Colombia podría tener implicaciones muy significativas en la historia democrática de Colombia. La verdadera encuesta, que esta a la vista, es la del fervor popular por “El Tigre“, y eso se siente en las conversaciones y en las calles de Colombia.
La pregunta de fondo es si el fervor logrará traducirse en mayorías sostenibles en las urnas o si el voto por costumbre seguirá inclinando la balanza. Por ahora, Colombia parece debatirse entre la pasión que contagian, de los que nunca, que se la juegan por una “Patria Milagro” y la resignación, de los de siempre.


































