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Los perros ladran, Sancho… señal de que cabalgamos

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Por: Julio César Prieto Rivera

Durante muchos años escuché repetir una frase que se convirtió en una de las expresiones más populares del idioma español: “Ladran, Sancho, señal que cabalgamos.” Como muchos, llegué a creer que pertenecía a la inmortal obra de Miguel de Cervantes. Sin embargo, al profundizar en su origen descubrí que aquella célebre frase nunca fue escrita en Don Quijote de la Mancha.

Esa revelación me llevó a reflexionar sobre una enseñanza mucho más profunda que la simple corrección histórica. La esencia de esa metáfora se encuentra en textos posteriores, particularmente en la obra del gran poeta alemán Johann Wolfgang von Goethe, quien utilizó una imagen similar para expresar que los ladridos de los perros no eran más que una señal de que el viajero continuaba avanzando por su camino. Más tarde, Rubén Darío contribuyó a popularizar una idea semejante, convirtiéndola en símbolo de la resistencia frente a la crítica y la adversidad.

He comprobado a lo largo de mi vida que esa enseñanza sigue plenamente vigente. Durante mis años de servicio en el Ejército Nacional, en mi actividad profesional posterior al retiro y en mi labor como escritor e investigador, aprendí que toda persona que asume posiciones firmes o impulsa proyectos que generan impacto inevitablemente despierta apoyos, pero también resistencias.

Por eso, siempre he considerado acertado aquel viejo dicho popular que afirma que el árbol que mejores frutos da es al que más piedras le tiran. Quien permanece inmóvil rara vez recibe ataques. Quien no incomoda intereses difícilmente se convierte en objetivo de campañas de desprestigio. En cambio, quienes avanzan, quienes crecen y quienes logran despertar entusiasmo suelen convertirse también en blanco de críticas y cuestionamientos.

Esa reflexión cobra especial importancia al observar el momento político que vive Colombia. En las últimas semanas hemos presenciado una intensa ofensiva mediática y jurídica alrededor de la candidatura presidencial de Abelardo De La Espriella. No corresponde a los ciudadanos reemplazar el papel de las autoridades competentes, pero sí tenemos el derecho y el deber de analizar el contexto en el que ocurren determinados acontecimientos.

Desde mi perspectiva, resulta difícil ignorar que muchos de estos ataques se producen precisamente cuando una candidatura comienza a consolidarse como una opción real de poder. La historia política, no solo de Colombia sino del mundo, demuestra que cuando un proyecto despierta entusiasmo popular y amenaza con alterar los equilibrios tradicionales, aumentan las críticas, las investigaciones, las acusaciones y las campañas de desprestigio.

Por supuesto, toda denuncia debe ser examinada con rigor y toda actuación pública debe estar sometida al escrutinio ciudadano. La democracia exige transparencia. Pero también exige prudencia para diferenciar entre la búsqueda legítima de la verdad y los intentos de utilizar determinadas circunstancias como herramientas de confrontación política.

No deja de llamar mi atención que esta coyuntura se presente justamente cuando la campaña de Abelardo De La Espriella ha logrado conectar con miles de colombianos que buscamos una alternativa distinta para el país. La historia enseña que cuando una figura política comienza a representar una amenaza real para determinados intereses, las piedras empiezan a aparecer con mayor frecuencia. Y es entonces cuando cobra sentido aquella otra enseñanza popular: “el árbol que mejores frutos da es al que más piedras le tiran”.

Al final, seremos los colombianos quienes tomemos la decisión. Ningún titular de prensa, ninguna red social y ninguna campaña de desprestigio puede sustituir el juicio soberano de millones de ciudadanos expresado en las urnas.

Por mi parte, seguiré creyendo que la historia nos deja enseñanzas valiosas. Una de ellas es que los ataques no siempre son prueba de que alguien tenga razón, pero sí suelen ser evidencia de que su presencia ya no pasa inadvertida. Los grandes debates, las grandes transformaciones y las grandes disputas de la vida pública rara vez transcurren en silencio.

Por eso, cuando observo el clima político actual, recuerdo aquella metáfora que durante generaciones ha acompañado a quienes enfrentan la crítica sin abandonar el camino. Y pienso que, como enseñaban Goethe y Rubén Darío, cuando los perros ladran, es porque alguien sigue cabalgando.

El próximo 21 de junio seremos los colombianos quienes tengamos la última palabra. Nosotros decidiremos quién merece conducir los destinos de la nación. Entretanto, mientras arrecian las críticas, aumentan los ataques y se multiplican los intentos por desacreditar determinadas ideas, no puedo evitar recordar aquella vieja metáfora que ha sobrevivido al paso del tiempo:

Los perros ladran, Sancho… señal de que cabalgamos.

Y por eso, hoy más que nunca, permanezco firme con Abelardo y firme con la Patria.

Jupr1@yahoo.es