Por. Juan Camilo Reyes Marfoi, Prensa Llanera.
Como si empezáramos al revés, que otros nos tengan que decir qué tan grandes, qué tan bellas y qué tan biodiversa son las sabanas inundables de Casanare, el municipio de Paz de Ariporo es, sin duda, una de esas maravillas que hemos necesitado que otros nos señalen para poder mirar con más atención lo que siempre hemos tenido frente a nosotros; valorarlo más y convencernos de que sí contamos con una EXAGERADA biodiversidad.

Y quizás precisamente por eso vale la pena asegurar que la academia no debe llegar solamente a explicar cifras, datos, teorías sino también a escuchar. Desde las ciencias interdisciplinarias y, especialmente, desde el análisis de la investigación social construido con las comunidades, es posible pensar otras formas de relacionarnos con estos complejos sistemas de sabana. Por eso, no se trata únicamente de entenderlos como espacios productivos, sino como ecosistemas con una riqueza particular que, en medio de la crisis climático-ambiental y del calentamiento global, pueden ofrecer importantes aprendizajes para la resiliencia de las comunidades de los años venideros. Producir, sí, pero entendiendo que mantener la productividad también depende de conservar los ciclos naturales que hacen posible la vida de la sabana y, con ella, la propia actividad humana.
Como decía el sociólogo Orlando Fals Borda (1970), al campesinado colombiano también hay que entenderlo desde la relación que las comunidades construyen con la tierra, la cultura y la historia a lo largo del tiempo.

Hablar del campesinado en Casanare es hablar de gente que aprendió a vivir en una tierra difícil, agreste, inmensa y muchas veces olvidada. Pero no desde la lástima ni desde la culpa, sino desde la berraquera que caracteriza al llanero, esa capacidad de echar pa’lante, de enfrentar la sequía y el invierno, de trabajar la tierra, cuidar el ganado y aprender de generación tras generación, a vivir con las condiciones de una sábana que no siempre ha sido fácil, pero que también ha sido hogar, sustento. Durante años, el llano fue visto desde el centro del país únicamente por sistemas de producción como el petróleo, la ganadería, o los monocultivos, pero pocas veces se miró la vida de quienes siempre han estado ahí. Mientras desde afuera se hablaba de progreso, muchas comunidades seguían enfrentando abandono estatal, violencia, carreteras inexistentes y enormes dificultades para vivir en el.

El llanero aprendió a entender la sabana casi como si hablara con ella, aprendió a leer el clima, a reconocer cuándo venía el agua, cuándo llegaba la sequía y cómo mover el ganado sin romper el equilibrio natural de su entorno. La ganadería tradicional nunca fue solamente un negocio. También fue una forma de habitar el llano y de convivir con él. Con el tiempo llegaron otros discursos y otras formas de entender el ‘desarrollo’. La agroindustria, las bonanzas petroleras y los modelos de producción intensiva comenzaron a transformar rápidamente la sabana. Poco a poco se fue instalando una idea que todavía cuesta desmontar; que lo moderno era cambiar el paisaje, tecnificarlo, hacerlo más productivo y producir cada vez más rápido, mientras que lo tradicional representaba atraso. Pero aquí vale la pena detenernos un momento y preguntarnos, ¿quién decidió que una sabana era un paisaje atrasado simplemente porque no se parecía a lo que desde otros lugares se entendía como desarrollo?

Durante muchas décadas, algunas posturas académicas, científicas e institucionales, definieron los Llanos como espacios aparentemente vacíos, homogéneos y de poca importancia ecológica. Se llegó incluso a hablar de la Orinoquia como un “desierto verde”, eso significa que era una expresión que, aunque pudiese parecer una simple descripción del paisaje, terminaba transmitiendo una idea mucho más cruel y satanizadora, es decir, que allí no había suficiente vida, que la naturaleza estaba inerte, quieta, y que estos lugares estaban solo a la espera de ser transformados para su producción meramente económica.

¿Pero realmente está vacío un lugar donde existen morichales, esteros, bosques de galería, bancos de sabana, humedales, animales, plantas y ciclos de agua que transforman completamente el paisaje entre la época de sequía y la época de lluvias? ¿Está realmente muerto un espacio que durante siglos ha construido sus propias formas de adaptación y convivencia con el agua, el fuego, la sequía y la movilidad de los animales, a través de prácticas ancestrales y conocimientos transmitidos de generación en generación enseñados por los indígenas y Jesuitas?
Y aquí aparece algo que merece ser tomado en serio. Expertos científicos de la organización ambiental The Nature Conservancy (TNC), en el estudio Agrobiodiversidad y sostenibilidad en los hatos ganaderos del paisaje llanero de Paz de Ariporo (2025) analizaron la biodiversidad presente en hatos ganaderos tradicionales de 16 veredas del municipio. Para hacerlo, no se limitaron a revisar documentos o identificar científicamente las especies; también incorporaron los conocimientos y las experiencias de los propios productores y sabedores llaneros. Y esto resulta importante, porque la ciencia no solo está mirando lo que hay en la sabana, sino que, en este caso, también empieza a escuchar a quienes llevan generaciones aprendiendo a vivir en ella. Se identificaron 955 especies de plantas vasculares y cerca de 350 especies de fauna. Es decir, esos lugares que durante tanto tiempo pudieron ser vistos simplemente como potreros o como una especie de “desierto verde”, en realidad estaban más llenos de vida que nunca. (The Nature Conservancy [TNC], 2025; Brugman, 2026).

En apenas 16 de las 54 veredas de Paz de Ariporo, es decir, en cerca del 29,6 % del territorio veredal, la investigación realizada, con mapeo y trabajo de campo, encontró una biodiversidad y una riqueza natural que sorprenden. Lo que se encontró en esas 16 veredas nos habla de todo lo que tenemos en nuestra sabana y de todo lo que todavía falta por conocer y valorar. Si en una parte del territorio aparece semejante riqueza, ¿cuánto más habrá en las otras veredas que aún no hemos logrado estudiar a fondo? Esa es, precisamente, una de las razones por las que debemos empezar a mirar nuestro paisaje de ganadería de sabana inundable no solo como un espacio productivo, sino como un patrimonio vivo que merece ser reconocido, protegido y valorado por la misma población.
Pero quizás lo más importante no está solamente en contar especies. Está en entender cómo toda esa biodiversidad permanece conectada dentro de un mismo ecosistema socio-ambiental, junto con una actividad ganadera que forma parte de su propia historia. El estudio encontró cientos de usos y funciones ecológicas asociados a las plantas, además de servicios como la regulación del agua, la polinización, el reciclaje de nutrientes y el almacenamiento de carbono.
¿Cómo fue que, durante tanto tiempo se ignoró que el llanero ya sabía convivir con la naturaleza, mucho antes de que llegaran desde la institucionalidad distintos discursos teóricos y técnicos sobre sostenibilidad y gobernanza del agua?
Solo cuando empezó a hacerse más evidente la crisis ambiental-global aparecieron con fuerza las políticas de la agenda globalista 2030 y los discursos internacionales frente a la conservación, muchas veces diciéndoles a las comunidades cómo debían cuidar, manejar y relacionarse con sus propios lugares, como si esos conocimientos apenas estuvieran empezando a construirse. Ahí está una de las grandes paradojas. Mientras desde afuera se hablaba de nuevas formas de conservar, en la sabana ya existían prácticas, conocimientos y maneras de relacionarse.

Hablar de nuevas territorialidades también implica reconocer que ya se ha demostrado que las ciudades no son la única expresión posible de progreso. El modelo urbano tampoco ha sido la promesa capaz de transformar y “salvar” a la humanidad. La crisis ambiental, la pérdida de biodiversidad y los problemas derivados de la relación que hemos construido con los recursos naturales muestran los límites de esa idea de ‘desarrollo’. Por tanto, nos adentramos a una crisis civilizatoria como nunca antes vista. Y hoy resulta necesario volver la mirada al campo y reconocer que allí existen conocimientos, formas de organización y maneras de relacionarse con la naturaleza que tienen mucho que enseñarnos para sobrevivir a la crisis climática.
Esta discusión no es solamente ambiental. También es cultural, educativa y hasta ética. Desde las ciencias sociales y desde la escuela, enseñar sobre el territorio debería ayudarnos a comprender que el agua, la tierra y la sabana no son recursos aislados ni simples espacios para producir. Son parte de la memoria viva de las comunidades que históricamente han habitado los Llanos Orientales. Son también parte de unas nuevas territorialidades que nos invitan a repensar qué entendemos por desarrollo, progreso y bienestar en pleno siglo XXl.
La sabana nunca estuvo vacía; lo que muchas veces estuvo vacío fue nuestra manera de mirarla. Allí siempre hubo conocimiento, memoria, cultura y formas propias de relacionarse con el agua, el fuego, los animales y la tierra. Pero reconocerlo tampoco significa idealizar todo lo tradicional. La sabana enfrenta hoy presiones reales, desde la transformación de los sistemas productivos hasta la pérdida de saberes que durante generaciones ayudaron a comprender el territorio. Por eso la discusión no debería reducirse a decidir si la ganadería es buena o mala, sino a preguntarnos qué modelo de relación queremos construir con una tierra que ya tiene su propia historia y sus propios límites.

Y en esa pregunta la educación tiene una responsabilidad enorme. No basta con enseñar a los jóvenes sobre ecosistemas que están lejos si no les ayudamos primero a reconocer el paisaje que tienen frente a sus ojos. Conocer un morichal, un estero, un banco de sabana o una práctica tradicional también es aprender a leer el territorio y a reconocerse en él. Paz de Ariporo no es que no necesite que descubramos que tiene riqueza; porque ya la tiene en si misma, si no más bien necesita es que aprendamos a verla, valorarla y protegerla sin desconocer a quienes la han habitado durante generaciones. Tal vez ese sea uno de los mayores retos, dejar de mirar el Llano desde modelos que llegan de afuera y empezar a entenderlo también desde la voz, la memoria y la experiencia de quienes lo han vivido. Quizás la mayor amenaza no sea solamente perder la sabana físicamente. Tal vez lo más grave sería no darse la oportunidad de comprenderla, pero evidentemente con otros ojos. Porque la sabana sobrevivió durante siglos gracias a personas que aprendieron a vivir dentro de ella sin destruirla.
Referencias
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Chavarro, D., Tang, P., & Rafols, I. (2013). Interdisciplinarity and research on local issues: Evidence from a developing country. arXiv.
Gallo Sarmiento, S. (2017). Tenencia de la tierra por parte del campesinado colombiano en un escenario de posconflicto: una aproximación desde una perspectiva sistémica. Universidad de los Andes.
Reyes Díaz, F. (2003). Eso sí es llano, cuñao: etnografía de un hato en Casanare. Universidad de los Andes.
The Nature Conservancy Colombia. (2025). Informe Agrobiodiversidad y Sostenibilidad: Hatos Ganaderos Tradicionales de Paz de Ariporo.
Orobio Umaña, J. D. (2021). Propuesta de intervención local: formación agroecología en huertas caseras para contribuir a la seguridad alimentaria con la población campesina del municipio de Nunchía Casanare. Universidad de los Llanos.
Cáceres Puentes, D. P. (2018). Acceso a la justicia de la población rural: justicia de paz en Nunchía (Casanare). Universidad Externado de Colombia.
Fals Borda, O. (1979-1986). Historia doble de la costa. Carlos Valencia Editores.

































