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“Me desgarraron no solo mi útero, sino el alma”: el testimonio de Deisy Guanaro, víctima de las Farc

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Por Lola Portela

La historia de Deisy Guanaro es una de las miles que dejó el conflicto armado en Colombia, pero su voz se ha convertido en un testimonio insistente sobre las deudas que, según ella, el país aún tiene con las víctimas. Hoy es una mujer sobreviviente que con valentía levanta la voz por los cientos, que no pudieron hacerlo.

“Soy una de las sobrevivientes”, afirma. Rechaza el término “reclutamiento” y lo reemplaza por “secuestro”. Según cifras de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), 18.677 menores fueron vinculados a las filas de las Farc, aunque ella considera que la cifra real podría ser mayor.

Tenía 10 años cuando fue secuestrada en el departamento de Casanare. “Iba a cumplir 11 años cuando la guerrilla me secuestra de los brazos de mi madre”, relata. Permaneció cerca de dos años en cautiverio hasta que, en medio de un operativo militar, fue rescatada con vida. “Me utilizaron como escudo humano junto con otros niños. Fui la única que sobrevivió”, recuerda.

Durante ese tiempo, asegura haber sido víctima de múltiples formas de violencia. Fue un periodo de tortura, abusos y violencia en todas sus formas”, señala. Entre los hechos más graves, denuncia agresiones sexuales y procedimientos forzados: “Cuando me reclutan, me introducen un dispositivo de planificación a la fuerza. Era una niña”.

Su relato alcanza uno de sus puntos más duros cuando resume el impacto de esos hechos: “Me desgarraron no solo mi útero, sino me desgarraron el alma”.

Tras su rescate, ingresó al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, donde permaneció hasta alcanzar la mayoría de edad. Con el paso de los años, decidió hacer pública su historia y vincularse al activismo por los derechos de las víctimas.

En ese camino, también ha sido crítica del proceso de paz firmado entre el Estado colombiano y las Farc. “El acuerdo no ha cumplido con las víctimas. No tenemos verdad completa ni reparación digna”, sostiene. A su juicio, los principales beneficiados han sido los excombatientes: “Obtuvieron garantías e incluso participación política, mientras muchas víctimas siguen sin ser escuchadas”.

Deisy Guanaro también cuestiona la presencia de antiguos integrantes de la guerrilla en espacios institucionales. “Es difícil para una víctima ver a quienes considera responsables ocupando cargos públicos”, afirma. En particular, menciona a Sandra Ramírez, a quien ha señalado en instancias judiciales.

La congresista es señalada de haber propiciado abusos sexuales contra menores de edad reclutados por las Farc. Deisy Dorelly Guanaro, una de las miles de víctimas del grupo armado, aseguró que fue violada por Pablo Catatumbo, uno de los cabecillas del extinto grupo armado, cuando ella tenía 12 años. Afirmó que Sandra Ramírez impulsó este y otros abusos sexuales.

“En repetidas ocasiones, me obligó a desfilar en ropa interior frente a criminales pedófilos que hoy son congresistas, mientras me apuntaba con un fusil a la cabeza”, aseveró.

Y es que Sandra Ramírez, exFarc, conocida como alias Griselda Lobo, pareja de alias Tirofijo y firmante del Acuerdo de Paz, representante del partido Comunes, fue elegida recientemente como vicepresidenta de la Comisión de Derechos Humanos y Audiencias del Senado, por lo que ha generado críticas en el debate político.

Sobre su participación ante la JEP Deisy Guanaro manifiesta que ha sido compleja. “Son espacios necesarios, pero también muy dolorosos. Implican revivir cada hecho”, explica. Aun así, insiste en que continuará acudiendo a estos escenarios en busca de verdad.

Además, advierte sobre la situación actual de seguridad en algunas regiones del país. Según su percepción, comunidades enteras siguen bajo presión de grupos armados ilegales. “Hay poblaciones que viven con miedo y con limitaciones para comunicarse o moverse libremente”, asegura.

Frente a este panorama, su llamado es directo a las instituciones: “Las víctimas merecen respeto, justicia y ser escuchadas”. También insiste en la necesidad de reconocer la diversidad de experiencias dentro del conflicto. “En Colombia hay millones de víctimas, y muchas fuimos afectadas por las Farc”, concluye.

Las víctimas primero: una deuda moral que Colombia no puede seguir postergando

¿Por qué las víctimas deben estar en el centro? La respuesta no es solo jurídica o política, es profundamente ética: para que como sociedad dejemos de ser espectadores y asumamos una responsabilidad colectiva frente al dolor de millones de colombianos.

Poner a las víctimas en primer lugar implica sacudir la indiferencia. Significa reconocer que detrás de cada cifra hay una historia interrumpida, una vida marcada por la violencia. Es negarse a que queden reducidas a estadísticas frías —números de muertos, heridos o desaparecidos— que con el tiempo dejan de conmover.

También es un acto de humanidad básica: evitar que sean juzgadas, señaladas o revictimizadas con frases que aún persisten en el imaginario social, como “algo hizo” o “en algo estaba”. Porque, como advierten organizaciones de víctimas, ese tipo de estigmatización las condena a una segunda muerte: la moral, que se suma a la tragedia que ya han sufrido.

Visibilizarlas es devolverles el rostro. Es hablar de su niñez, de la madre, del hijo, del padre; de la vida que tenían antes de la guerra y de lo que les fue arrebatado. Es, en últimas, reconocer que sus muertos también son los muertos del país.

Este reconocimiento no solo mira al pasado. Tiene un propósito hacia el futuro: aprender de quienes han sufrido la violencia para construir una sociedad distinta. Educar en la paz, en la tolerancia y en el respeto por la diferencia.

Historias como la de Deisy Guanaro reflejan esa resistencia. Su voz no sólo reclama justicia por lo que vivió siendo una niña secuestrada, sino también por los 18.677 menores que, según la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), fueron secuestrados, reclutados y obligados a ser parte de las filas de las Farc, como “carne de cañón”, como instrumento y esclavos sexuales, según esos testimonios que les ayuda a liberarse, desde la narrativa, y que a la sociedad hoy le duele.

El país no puede olvidar que más de 8 millones de víctimas en Colombia han sufrido las consecuencias de un conflicto prolongado que ha dejado “montañas de dolor” a lo largo del territorio nacional.

En ese contexto, diversas voces coinciden en que el conflicto armado en Colombia ha mutado. Lo que en sus inicios supuestamente tuvo componentes ideológicos, hoy está profundamente ligado a economías ilegales como el narcotráfico, que han prolongado la violencia en distintas regiones.

Por eso, poner a las víctimas en el centro no es solo un acto de justicia, sino una condición necesaria para pensar en un país distinto. Uno que no repita la historia, que no normalice la violencia y que, finalmente, pueda imaginarse en paz.

Más de dos décadas después de lo ocurrido, Deisy Guanaro continúa relatando su historia como una forma de memoria histórica, desde las víctimas, por eso resuena como una exigencia y eso le molesta a muchos. Para ella, el país aún tiene una deuda pendiente con quienes vivieron la guerra en primera persona.