Por Lola Portela
El contraste entre las encuestas previas y los resultados finales en procesos electorales recientes vuelve a instalar una pregunta clave en América Latina: ¿qué tan confiables son los sondeos y qué tan predecibles son las segundas vueltas? Las imágenes analizadas —correspondientes a encuestas en Chile y Colombia para procesos electorales proyectados hacia 2025— permiten identificar patrones, tensiones y posibles escenarios comparativos.
Chile: de la fragmentación a la polarización

En el caso chileno, la encuesta EPCH de septiembre de 2025 mostraba un escenario altamente fragmentado en primera vuelta. Jeannette Jara lideraba con un 30,36%, seguida por José Antonio Kast con 22,6%. Más atrás aparecían Evelyn Matthei (13,59%), Franco Parisi (12,59%) y Johannes Kaiser (12,04%), configurando un mapa político disperso y competitivo.
Sin embargo, el paso a segunda vuelta transformó radicalmente el escenario. Según los resultados mostrados, Kast alcanzó un 59,83% frente al 40,17% de Jara. Este salto revela dos fenómenos clave:
- Concentración del voto opositor: candidatos de derecha y centro-derecha que quedaron fuera de la primera vuelta parecen haber transferido su apoyo mayoritariamente a Kast.
- Techo electoral de la izquierda: pese a liderar inicialmente, Jara no logró ampliar su base lo suficiente para competir en el balotaje.

Este patrón no es nuevo en Chile: la segunda vuelta tiende a ordenar el voto en torno a bloques ideológicos más definidos, reduciendo la dispersión inicial.
Colombia: fragmentación con potencial de realineamiento

El escenario colombiano, según la imagen analizada, presenta una lógica similar en primera vuelta. Iván Cepeda y Aida Quilcué lideran con 37,5%, seguidos por Abelardo de la Espriella con 20,2% y Paloma Valencia con 19,9%.
Aquí también se observa:
- Un bloque progresista en primer lugar, con una ventaja significativa.
- Una derecha dividida, cuyos votos sumados (más de 40%) superan al primer lugar.
Este dato es clave, porque reproduce una condición estructural similar a la chilena: la fragmentación inicial puede ocultar mayorías potenciales en segunda vuelta. La gran diferencia entre Chile y Colombia es el voto obligatorio en el país austral. Mientras en Colombia hay un gran número de personas que no votan.
El censo electoral colombiano asciende a 41,2 millones de ciudadanos habilitados para votar. De ese total, 20.900.614 participaron en la elección de Senado y 20.733.273 en la de Cámara de Representantes, lo que equivale a niveles de participación de 50,6% y 50,2%, respectivamente.
Aunque estas cifras representan un aumento frente a 2022 —cuando la participación fue de 46,5% en Senado y 47,4% en Cámara—, el crecimiento es moderado y mantiene al país con tasas de abstención cercanas al 50%, según el estudio. En términos prácticos, uno de cada dos colombianos habilitados para votar no acudió a las urnas en estos comicios.
Otra diferencia enorme con Chile es que hay libertad para votar en las 12 regiones, mientras en Colombia, según la MOE identifica 376 municipios en riesgo de violencia electoral en 31 departamentos; en 251 de ellos el riesgo es alto o extremo, lo que podría afectar la normalidad de la jornada.
Los departamentos donde más municipios aparecen en riesgo por factores de violencia son Antioquia (57), Cauca (39), Huila (29), Norte de Santander (24) y Nariño (22). En varias de estas regiones, la presencia de grupos armados ilegales, disputas por economías ilícitas y la presión sobre comunidades rurales se han convertido en factores que influyen directamente en el ambiente electoral.
Comparación y proyección
El paralelismo entre ambos países sugiere varias hipótesis:
- La primera vuelta no define tendencias definitivas
En Chile, liderar la primera vuelta no garantizó la victoria. En Colombia, aunque Cepeda encabeza las encuestas, su ventaja podría diluirse si el voto opositor se consolida. Y ese 20 %, que no vota, sale a las urnas. - La segunda vuelta premia la capacidad de alianzas
Kast logró articular apoyos más allá de su base. En Colombia, el candidato que logre unificar sectores (especialmente de centro y derecha) tendría una ventaja estructural. - El voto “anti” puede ser decisivo
Más que adhesión ideológica, muchas segundas vueltas se definen por rechazo al adversario. Este fenómeno podría jugar un rol central en Colombia. - El centro político como bisagra
En ambos casos, los votantes de candidaturas intermedias son determinantes. Su inclinación puede cambiar completamente el resultado final.
Los datos comparados sugieren que Colombia podría enfrentar un escenario similar al chileno: una primera vuelta fragmentada, pero que podría tener sorpresas, por las actuales circunstancias del país, seguida de una segunda vuelta altamente polarizada. Si la tendencia se mantiene, el resultado final no dependerá tanto de quién lidere inicialmente, sino de quién logre construir una mayoría amplia en el balotaje.
Más que predicciones cerradas, la evidencia apunta a una advertencia: en sistemas de doble vuelta, las encuestas iniciales describen el punto de partida, pero no necesariamente el desenlace.
































