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Irán tras Jameneí: entre la euforia y el duelo, con las mujeres en el centro de una fractura histórica

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Por Lola Portela

La muerte del ayatolá Alí Jameneí ha desatado una reacción profundamente polarizada en Irán, evidenciando la fractura social que atraviesa el país desde hace años. Mientras una parte de la población celebra el fin de una era marcada por la represión, otra llora la pérdida de quien consideraban su guía político y espiritual.

El anuncio oficial, producido tras los ataques de Estados Unidos e Israel, provocó escenas opuestas casi simultáneas. Durante la noche, ciudadanos contrarios al régimen salieron a las calles en distintas ciudades para festejar. Entre bocinas, fuegos artificiales y concentraciones espontáneas, la euforia se apoderó de barrios enteros. En lugares como Karaj, grupos de jóvenes bailaron y ondearon símbolos previos a la Revolución Islámica, en un gesto cargado de significado político. En otros puntos, incluso, se colocaron banderas pre-revolucionarias sobre monumentos públicos, reflejando el deseo de ruptura con el sistema vigente.

Sin embargo, con la llegada del día, el tono cambió en otros puntos del país. Seguidores del régimen se movilizaron para expresar su dolor y lealtad. Entre lágrimas, consignas y llamados a la venganza, muchos describieron la muerte del líder supremo como una pérdida irreparable. “Hemos perdido a nuestro guía, nuestro maestro”, lamentaban algunos ciudadanos en estado de shock. Otros, sin embargo, fueron más allá, reclamando una respuesta contundente contra Israel, en un clima de tensión que mezcla duelo con indignación política.

La conmoción también traspasó fronteras. En Pakistán, enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas de seguridad dejaron al menos diez muertos en Karachi. En Irak, miles de personas salieron a las calles calificando la muerte como una “gran catástrofe”, mientras que en la región de Cachemira administrada por India se registraron protestas masivas con mensajes de duelo y denuncia.

Sin embargo, estas reacciones opuestas no pueden entenderse sin el contexto interno de Irán, marcado por décadas de control político, tensiones sociales y, especialmente, por la situación de las mujeres, convertidas en uno de los principales símbolos de la división del país.

Desde la Revolución Islámica de 1979, el papel de la mujer en la sociedad iraní cambió de forma drástica. Derechos que antes estaban presentes —como una mayor participación en la vida pública, política o judicial— fueron limitados bajo un sistema que impone normas basadas en una interpretación estricta de la ley islámica. Uno de los aspectos más visibles es la obligatoriedad del hiyab, que no constituye una elección personal, sino una imposición legal desde edades tempranas.

Las mujeres deben cubrir su cabello y vestir prendas amplias que oculten la figura. No cumplir con estas normas puede derivar en advertencias, multas, detenciones o incluso violencia por parte de la conocida “policía de la moral” (Gasht-e Ershad). El problema no es solo la norma en sí, sino su aplicación arbitraria: detalles como llevar el velo ligeramente caído, una gabardina demasiado ajustada o pantalones considerados inapropiados pueden ser motivo de sanción. Esta vigilancia constante ha marcado la vida cotidiana de generaciones enteras.

En Irán, las limitaciones para la mujer van mucho más allá de la vestimenta. En el ámbito legal, las mujeres necesitan el permiso de sus maridos para viajar al extranjero o, en muchos casos, para trabajar. Para casarse, requieren la autorización de un tutor masculino, y aunque la edad mínima legal ha aumentado de los 9  a los 13 años, sigue siendo baja en comparación con estándares internacionales. En cuestiones como el divorcio o la custodia de los hijos, las leyes tienden a favorecer a los hombres, reduciendo la autonomía femenina dentro del propio núcleo familiar.

Estas restricciones contrastan con las libertades individuales reconocidas en gran parte de Occidente, donde, al menos a nivel legal, hombres y mujeres cuentan con igualdad de derechos en aspectos fundamentales como la movilidad, el trabajo o la toma de decisiones personales. En Irán, en cambio, estas limitaciones están institucionalizadas y respaldadas por el aparato del Estado.

En este contexto surgieron, con especial fuerza desde 2022 tras la muerte de Mahsa Amini bajo custodia policial, las protestas lideradas por mujeres bajo el lema “Mujer, Vida, Libertad”. Este movimiento no solo cuestiona el uso obligatorio del velo, sino que denuncia un sistema completo de control político y social. Mujeres de distintas edades y clases sociales han salido a las calles, muchas veces quitándose el hiyab en público, en un acto de desafío directo al poder.

A pesar de la represión —con detenciones, encarcelamientos y exilios forzados de activistas—, el movimiento ha logrado consolidar una alianza inédita entre hombres y mujeres y ha dejado claro que una parte significativa de la sociedad iraní exige cambios profundos. “Han perdido el miedo”, coinciden numerosos analistas y activistas, al describir una transformación que ya no parece reversible.

Así, la muerte de Jameneí no sólo marca el final de un liderazgo de más de cuatro décadas —durante el cual varias generaciones no conocieron otro modelo de poder—, sino que expone con mayor claridad las dos caras de Irán. Por un lado, quienes celebran la posibilidad de un cambio político y social; por otro, quienes defienden y se aferran a la continuidad porque  temen perder un sistema que consideran parte esencial de su identidad.

Entre ambas posturas, el país se enfrenta a un futuro incierto. Pero si algo ha quedado claro en las calles —entre fuegos artificiales y lágrimas— es que la lucha por definir ese futuro pasa, en gran medida, por el papel, los derechos y la libertad de sus mujeres.