Por Lola Portela
El ascenso político del abogado penalista Abelardo de la Espriella está reconfigurando el mapa de la derecha colombiana, en un contexto marcado por la pérdida de cohesión de los partidos tradicionales y por disputas internas en sus principales estructuras. El dirigente, que se presenta como un outsider de línea ultraconservadora, ha logrado posicionarse como una de las figuras más competitivas del espectro, liderando encuestas dentro de ese sector y sumando respaldos de dirigentes vinculados al uribismo y al conservadurismo.
Parte del crecimiento de De la Espriella se explica por un discurso que promete recuperar la seguridad mediante un plan Colombia 2.0, para convatir el fentanilo y el narcoterrorismo en Colombia. Además, el momento político ofrece la oportunidad para capitalizar la fragmentación de la derecha tradicional, cuya popularidad ha disminuido en los últimos años. Su campaña ha buscado atraer a dirigentes con trayectoria en partidos históricos, presentándose como una alternativa ideológicamente más definida frente a lo que sus aliados describen como la ambigüedad programática de otras colectividades.

La adhesión más reciente proviene del alcalde de Medellín, Federico “Fico” Gutiérrez, cuyo movimiento Creemos formalizó una alianza con el candidato. El respaldo es relevante por el peso político de Gutiérrez: fue candidato presidencial en 2022, mantiene altos niveles de aprobación local y su movimiento controla el Concejo de Medellín. Además, su base electoral en Antioquia —territorio históricamente ligado al uribismo— podría afectar el caudal electoral del Centro Democrático en futuras elecciones legislativas y presidenciales.
La irrupción de De la Espriella coincide con un periodo de debilitamiento del uribismo. El Centro Democrático pasó de 51 congresistas en 2018 a 29 en 2022, y actualmente enfrenta tensiones internas. La designación de la senadora Paloma Valencia como candidata presidencial generó rechazo en sectores del partido, lo que derivará en la salida de la también senadora María Fernanda Cabal y su esposo, José Félix Lafaurie, quienes han planteado la posibilidad de una escisión. José Félix Lafaurie Rivera, en su reciente columna precisa: “No he renunciado al partido y menos aún María Fernanda. Hoy seguimos siendo miembros activos y yo, parte de su Dirección Nacional, mientras no renuncie o sea retirado de ella por las instancias que correspondan. Claramente, en la carta en que hicimos reparos al proceso, firmada por mí, pero a nombre también de María Fernanda, manifestamos nuestra incomodidad –“No queremos continuar… Sentimos que no tenemos espacio”.

La escisión propuesta le permitiría a María Fernanda Cabal “abrir caminos y conquistar espacios en su propósito de servirle a los colombianos desde el quehacer político, en consonancia con sus convicciones”; dice Lafaurie en la misma columna. Analistas y opinadores han especulado sobre la eventual cercanía política e identidad ideológica con el proyecto del penalista, aunque no existe confirmación pública, puede ser la ruta de Cabal. No es claro hasta cuándo será ese compromiso de Cabal con Paloma Valencia y el Centro Democrático que, como partido, no le ofrece alternativas o “espacio”, como se ha evidenciado; no sólo en esta campaña a la presidencia.
En paralelo, el Partido Conservador mantiene influencia regional, pero aún no define un liderazgo presidencial, lo que evidencia fisuras internas y limita su capacidad de articulación nacional. Este escenario ha permitido que figuras provenientes de distintos partidos migren hacia el proyecto de De la Espriella. Entre ellos se mencionan exdirigentes del Centro Democrático, Cambio Radical y antiguos funcionarios del gobierno de Iván Duque y del mismo partido Conservador. También existen versiones sobre eventuales acercamientos con grupos políticos regionales de alto peso electoral, como los Char.

En ese contexto, Abelardo De La Espriella ha manifestado públicamente su afinidad con la gestión de los alcaldes de Medellín y Barranquilla, Federico Gutiérrez y Alejandro Char, cuyas administraciones considera referentes para una transformación nacional seria y eficaz.
Uno de los ejes discursivos del candidato ha sido su postura de no negociación con la izquierda, planteada por sus aliados como una señal de coherencia ideológica. Sin embargo, algunos analistas consideran que esta misma postura limita su capacidad de expansión electoral, al dificultar alianzas con sectores moderados o de centro. Las encuestas más recientes lo ubican generalmente en segundo lugar, con cifras cercanas al 20%, mientras que el candidato de izquierda Iván Cepeda lo superaría en escenarios de segunda vuelta. Además, el alto porcentaje de votantes indecisos, que en algunos sondeos alcanza el 30%, mantiene abierto el panorama electoral.

Las elecciones legislativas del 8 de marzo aparecen como un punto de inflexión. La capacidad de movimientos aliados como Salvación Nacional y Creemos de superar el umbral electoral será clave para medir la solidez del fenómeno. Un resultado favorable podría fortalecer la candidatura presidencial del penalista; un desempeño débil, en cambio, podría cuestionar su capacidad de arrastre nacional.
A pesar de la tensión que su figura genera en la derecha tradicional, varios dirigentes han sugerido que priorizarán la unidad frente a la izquierda en una eventual segunda vuelta. Incluso el expresidente Álvaro Uribe ha señalado la posibilidad de respaldarlo en ese escenario. No obstante, sectores de centro mantienen reservas frente a posiciones consideradas radicales, incluyendo declaraciones pasadas sobre política internacional y confrontación ideológica.
A pesar de las encuestas. No esta descartada una eventual victoria presidencial en primera vuelta. El tablero político se mueve a diario a favor del Tigre. Y aunque analistas estiman que la gobernabilidad de De la Espriella dependería de acuerdos con los mismos sectores tradicionales con los que hoy compite, lo más seguro es que Colombia tendrá un giro radical. Y ese escenario podría derivar, con el tiempo y frente a buenos resultados, en una dinámica de cooperación pragmática similar a la observada en otros países de la región con gobiernos de perfil outsider.






























