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UN VERDADERO ACUERDO DE PAZ CONTRA LA VIOLENCIA

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Por Joseph Silva

“No piense, si piensa no lo exprese, si lo expresa no lo escriba, si lo escribe no permita que lo publiquen. Y si alguna vez encuentra su pensamiento junto a su firma corra inmediatamente a casa y escriba un desmentido” Millor Fernandes.

Será que, si nos guiamos por el pensamiento del escritor, periodista y dramaturgo brasileño, podríamos llegar a entender cómo es que, en este paraíso de la naturaleza, en el que nos ha correspondido nacer y vivir, en esta Colombia hermosa, esplendorosa, bañada por dos océanos, adornada con tres cordilleras Andinas. En este edén de colores, con todos los climas y  pisos térmicos, de una belleza exuberante, donde solo deberían resonar las risas de los niños, la alegría de los jóvenes y la tranquilidad de los viejos, lo mas cercano y parecido a la felicidad. ¿Estamos encadenados, por no decir condenados, a una violencia atávica, ancestral, permanente, como algo de lo que no podemos liberarnos, a lo que no podemos renunciar? Es como si a la exuberante y contagiosa alegría del carnaval de Barranquilla, al ritmo y goce salsero, de la feria de Cali, al colorido y la belleza de la feria de las flores de Medellín, a la celebración pintoresca del carnaval de negros y blancos de Pasto, a todos estos momentos y eventos de alegría colectiva, de felicidad plena, como a todas las demás actividades lúdicas,  de trabajo, de estudio, que realizamos los colombianos, necesariamente tuviéramos que teñirlos de sangre, vestirlos de dolor, luto, tristeza, bañarlos en lágrimas, como en un aquelarre loco y esquizofrénico de manicomio.      

Estando aún tibia la tumba del asesinado dirigente político, senador  y aspirante presidencial, Miguel Uribe Turbay, resuena en el alma del país el grave y criminal estallido terrorista en Cali, que ha bañado de sangre, dolor y muerte a nuestra hermosa y querida Sultana del Valle, a la que tanto quiere y admira Colombia por su alegría, hospitalidad, deporte, olor y sabor a caña y trabajo.  No paramos aun de llorar, cuando se une el dolor, el luto, por la muerte de nuestros 13 policías, héroes de la patria, que también son hijos, hermanos, esposos, compañeros y vecinos de otros colombianos, que ahora estamos  aterrados y preocupados  por el secuestro de los 34 militares, por unos “supuestos civiles”.

Este escrito, que ya es un lugar común, otro registro de hechos recurrentes nos puede llevar a pensar, reflexionar y  buscar en nuestro interior personal, qué tanto aporta cada uno de nosotros, a la violencia de la sociedad en que vivimos.   Podemos revisar, nuestra intolerancia en las calles, en el trabajo, nuestro grito o insulto en las redes sociales, los discursos de nuestros dirigentes políticos sociales y empresariales, para tratar de cambiar la ira personal e interna de cada uno, con cuya sumatoria hemos venido bañando en sangre y lágrimas a esta patria, a la que tanto decimos amar.

Podemos tratar de que, desde el más humilde, hasta el más encumbrado de los ciudadanos, generemos un cambio colectivo en nuestra violenta sociedad.   ¿Será mejor acatar al escritor y periodista brasileño y no pensamos nada, ¿No decimos nada, ¿No escribimos nada, ¿No hacemos nada, seguimos callando, indiferentes, porque quizá no es con nosotros, ni es contra nosotros? ¿Será que lo mejor es seguir caminando todos en silencio, de luto, en este permanente e interminable cortejo hacia los sepulcros?